Una mañana la niebla cerró el valle y apenas veíamos las manos. Cancelar parecía sensato, pero decidimos escuchar. Reconocimos resinas por aroma, encontramos agujas de pino caídas y preparamos una infusión dorada, suave y balsámica. Sin prisa, el color apareció en silencio, mientras anotábamos olores, texturas y sensaciones. Entendimos que la vista no es la única guía, y que la montaña habla con todos sus sentidos. Aquella clase terminó seca, segura y emocionada, con una lana dorada que nos recordó que, a veces, aprender empieza cuando aceptas condiciones imperfectas.
Trajeron una olla antigua y una madeja de lana de la abuela. Con pieles de cebolla guardadas durante meses, mordiente suave y un toque de hierro, nació un ocre templado que parecía familiar. La nieta tejió una bufanda, la madre recordó inviernos largos y la abuela sonrió al oler la lana caliente. Más que color, logramos un puente entre tiempos. Documentamos el proceso para repetirlo con variaciones y lo ofrecimos como ejercicio para quien quisiera celebrar su historia. Las manos, la olla y el prado firmaron juntas un pacto simple: continuar con cuidado.
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