
Un cuaderno pequeño cabe en cualquier bolsillo y guarda tormentas de ideas nacidas del cielo cambiante. Practicamos manchas de color con acuarelas portátiles, anotamos notas del viento, y resaltamos grafismos en rocas. Es semillero visual para piezas futuras, puente entre caminata, memoria corporal y obra tangible.

La pausa es parte esencial del proceso. Colocamos la pieza bajo una manta, bebemos agua tibia con hierbas y masajeamos manos cansadas. En ese intermedio nacen soluciones discretas y vuelven energías. Respetar límites físicos evita lesiones, sostiene consistencia y convierte el retorno al banco en celebración tranquila.

Muchos refugios ofrecen mesas amplias, luz diáfana y estufas que secan pinceles con suavidad. Reservamos una esquina, compartimos materiales, y nacen amistades inesperadas. Entre mapas y botas, el trabajo fluye auténtico, sin pretensiones, recordándonos que el mejor estudio, a veces, es un comedor con vistas largas.